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Decir que el pobre es pobre porque quiere es ignorar un sistema que fabrica exclusión y desigualdad.

Por Capitán Cianuro

 

Hay expresiones que son verdaderos crímenes intelectuales, repetidas con la liviandad de quien arroja migajas al suelo. Una de las más violentas, persistentes y funcionales para las élites es: “El pobre es pobre porque quiere”. Esta frase, que pretende sonar como sentencia divina para justificar lo injustificable, no solo es simplista, sino profundamente cruel. Su propósito es eximir de responsabilidad a un sistema que se alimenta de la desigualdad como un parásito de su huésped.

En la actualidad, abundan personas que normalizan este tipo de afirmaciones, y lo más grave es que no solo las repiten, sino que realmente las creen. Cuando ven a alguien en situación de calle o desempleado, sostienen que esa persona “quiere estar ahí”, porque —según ellos— “todas las herramientas están disponibles” para convertirse en alguien productivo. Es como si uno abriera un periódico y encontrara sus páginas desbordantes de ofertas laborales al alcance de cualquiera. Quien enuncia tales frases suele ser alguien con aspiraciones de clase o alguien que, por fortuna, nació en un entorno más favorable: un lugar donde las oportunidades llegaron casi por inercia, donde su padre no tuvo que decidir entre pagar un pasaje de transporte público o reservar ese dinero para comprar algo de comer en casa.

Cuando se desconocen los múltiples factores que configuran los círculos de la pobreza, resulta muy fácil enunciar frases desafortunadas, sobre todo si se hace desde la comodidad de un barrio acomodado, conduciendo un automóvil nuevo, con calefacción y música de fondo, sin reparar en que en esa misma ruta, hacia el trabajo, hay personas en las calles intentando sobrevivir al día que se les acorta bajo el peso de un sistema depredador.

Se nos ha impuesto la religión del mérito. Nos enseñan que todo se logra con esfuerzo, que los sueños se cumplen con disciplina y que el éxito depende únicamente de la voluntad individual. Esta idea reconforta a quienes han escalado algunos peldaños sociales: nada más cómodo que creer que su bienestar es fruto exclusivo de su esfuerzo, y no de una mezcla de privilegios, contactos, suerte y educación.

“El pobre es pobre porque quiere” funciona como opio para el mediocre con éxito: le permite justificar su lugar sin culpa, sin preguntas. Si el pobre lo es por elección, entonces el rico es justo, virtuoso, merecedor. Así el sistema se perpetúa: todo reducido a voluntad. Qué fácil es dormir con esa idea.

Cuando ciertos personajes repiten la frase —desde sets de televisión, con aire acondicionado y corbata, en vidas lejanas a cualquier carencia—, uno no puede evitar pensar que la pobreza más peligrosa no es la económica, sino la mental. Porque hay que cargar con una miseria emocional muy profunda para reducir la vida de millones de personas a una simple decisión voluntaria.

Nadie elige ser pobre. Nadie despierta queriendo vivir con hambre, sin salud, sin educación, sin descanso ni sueños. El problema no es de voluntad, sino de punto de partida, de acceso, de contexto. Y la mayoría no parte desde la misma línea.

Quien nace en una zona acomodada, en una familia que ya resolvió lo esencial para una vida digna, tendrá un horizonte de oportunidades y acciones completamente distinto al de quien nace en una población marginal, donde cada día es una batalla por sobrevivir y las prioridades se concentran en llegar al día siguiente.

Los aspiracionales —esos que juegan pádel, se visten con camisetas de marca y van a discotecas el fin de semana con perfumes caros— pueden suponer que nadie la pasa mal, porque la vida parece sonreírles, o al menos eso aparentan en medio de su mediocridad. No se trata de generalizar, pero es en ese grupo donde con mayor frecuencia florecen frases tan superficiales.

La meritocracia es un mito que solo funciona en contextos de verdadera equidad, algo inexistente en la mayoría de países, especialmente en América Latina. Aquí, las condiciones están diseñadas para que la pobreza no solo se perpetúe, sino que se produzca. No es una falla del sistema: es su esencia. Las grandes fortunas no nacen del mérito puro, sino de la extracción de recursos, la precarización laboral, la evasión fiscal y la especulación.

La pobreza no es únicamente falta de dinero. Es ausencia de tiempo, de redes, de representación. Y esa pobreza no se elige: se impone. ¿Tiene las mismas oportunidades el hijo de una familia en una toma ilegal, que debe caminar kilómetros hacia una escuela en ruinas, que el hijo de un político inscrito en un colegio privado con robótica, viajes de intercambio y acompañamiento psicológico?. Compararlos es como organizar una carrera donde uno comienza en la meta y otro en un pozo.

Este discurso, además, convierte al pobre en culpable. En vez de mirar hacia arriba, se nos entrena para mirar hacia abajo. El problema no es el que acumula, evade, especula o soborna, sino “el flojo”, “el que quiere todo regalado”. Así se construye el enemigo perfecto: el pobre que vive de bonos, que “no quiere trabajar”, que “tiene hijos para recibir ayudas”. Nadie exige pruebas, porque se trata de un mito útil, un cliché funcional al poder.

Mientras tanto, se invisibilizan las causas estructurales. Se alimenta el odio horizontal, mientras los de arriba brindan por la estabilidad del modelo.

¿Y si el problema no es el pobre, sino el rico?

Si el pobre no es culpable, entonces alguien se beneficia de su exclusión. Alguien con rostro, nombre, inversiones y lobby. La verdadera pregunta no es por qué existen pobres, sino por qué existen ricos obscenos.

Internet está plagado de coaches y gurús que repiten: “Si quieres, puedes”. Si estás estancado, aseguran, es culpa tuya. Este discurso encaja a la perfección con el neoliberalismo. Mientras tú trabajas doce horas, estudias y te endeudas, ellos te convencen de que fracasaste porque “no supiste visualizar”. Es decir: sigues siendo pobre, pero ahora además eres culpable.

El pobre no quiere lujos: quiere dignidad. Salud, tiempo, educación, seguridad, descanso. Todo eso debería ser un derecho, no un privilegio. Pero para que ocurra, es necesario redistribuir poder y riqueza. Y eso es precisamente lo que temen las élites.

 

Quizá deberíamos cambiar la pregunta:


—¿Por qué hay quienes, teniendo tanto, no pueden dejar de acumular?
—¿Por qué permitimos que la riqueza de unos pocos valga más que la vida de millones?
—¿Por qué un sistema económico produce más desigualdad que bienestar?

 

Decir que el pobre es pobre porque quiere equivale a culpar a un náufrago por no nadar en un océano lleno de tiburones. Es una frase deshumanizante, que simplifica realidades complejas y perpetúa un modelo injusto. La verdadera pobreza, muchas veces, no está en los bolsillos, sino en la conciencia. Y en esa miseria intelectual, demasiados —ricos y pobres— parecen sentirse cómodos.