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Cuando el ruido del poder tapa el grito de los pueblos y la barbarie avanza bajo aplausos ajenos.

Por Capitán Cianuro

 

Mientras Trump copa todas las agencias de noticias de Occidente con incursiones militares, amenazas y escándalos que mantienen al mundo en vilo, Gaza y Cisjordania pasan, una vez más, a un segundo plano. La estrategia del enemigo global funciona a la perfección: saturar la agenda, distraer conciencias, anestesiar la indignación. No es una casualidad, es un método. La pregunta ya no es si funciona, sino cuánto tiempo más seguirá dando coletazos este monstruo que aún no se sacia del todo con sus usurpaciones, su violencia sistemática y su terrorismo legitimado. Mientras algunos celebran sus embestidas absurdas y los medios serviles reproducen, sin pudor ni pensamiento crítico, la estupidez convertida en doctrina, comienza a consolidarse algo mucho más grave: una dictadura internacional no declarada, sostenida por gobiernos arrodillados, por líderes sin dignidad y por una geopolítica de lamebotas que confunden pragmatismo con sumisión.

América Latina no está al margen de este escenario: está en la mira. Hoy apenas cinco países parecen mantenerse de pie, y aun así de manera frágil y temporal. Porque Chile será otro país que se incline ya que después del 11 de Marzo, el nazi de Paine, se sumará sin sonrojo a la fila de los obedientes, inclinándose ante el nuevo amo y ensayando en sus discursos las felaciones simbólicas que tanto agradan al emperador naranja.

En paralelo, desde que se firmó un supuesto cese al fuego en Gaza, los ataques no han cesado ni un solo día. La ayuda humanitaria sigue siendo escasa, limitada, humillante, y quienes logran sobrevivir al invierno, a las inundaciones y al hambre son cada vez menos. Miles de vidas han sido exterminadas frente a nuestros ojos, mientras el mundo declara tardíamente que esto “debe parar”, como si bastara una frase diplomática para detener un genocidio.

Las Naciones Unidas han quedado reducidas a un coro de discursos vacíos, un grupete de burócratas expertos en declaraciones que al criminal de guerra Netanyahu poco le importan. Y no le importarán mientras cuente con el respaldo explícito de Trump, garante del exterminio selectivo y de la impunidad global. Trump saca  a Nicolás Maduro de Venezuela, pero jamás tocará al tirano que gobierna Arabia Saudita, Mohammed bin Salam, ni moverá un solo soldado para apresar a Netanyahu. Mientras tanto, el 3 de enero muchos venezolanos celebraron convencidos de que todo cambiaría. La operación Placebo hizo su trabajo: nada cambió. Un régimen autoritario sigue enquistado, ahora sin petróleo y sin soluciones inmediatas, mientras el país se hunde en la frustración.

Corina Machado recibió desde el imperio el mensaje reservado para los traidores útiles: no eres apta para gobernar. Y con eso, la oposición se desvaneció como humo. Se quedaron con las ganas, con las promesas vacías y con la ilusión de un premio que nunca llega. El supuesto Nobel de la guerra terminó pagando su traición como Judas: treinta monedas por entregar la patria. Un ejemplo perfecto de antipatriotismo, de miseria humana y de decadencia moral. A esta altura, tampoco estamos en condiciones de repartir certificados de buenos y malos. Aquí nadie sale limpio. Todos comparten el mismo barro. Y el que hoy gana es Trump. Hoy. Porque llegará el momento en que sus propios compatriotas no lo soporten más y lo expulsen de la escena política, ojalá antes de que este enajenado empuje al mundo hacia una guerra global que nos arrastre a todos al abismo.

Por ahora, solo queda insistir en lo esencial: por favor, no nos olvidemos de Palestina. El día que eso ocurra, no habrá excusas posibles. Estaremos abrazando a la bestia. Y entonces, su imperio del terror habrá triunfado definitivamente.