Imprimir
Visto: 67

Por Mariano Ameghino

Si este texto estuviera destinado a un auditorio repleto de diplomáticos o especialistas en relaciones internacionales, tal vez habría que llenarlo de citas y tecnicismos. Pero como está pensado para leernos entre compañeros y compañeras, podemos permitirnos otra cosa: pensar en voz alta, sin solemnidades, sin que nadie nos “ilumine” desde arriba.

En el terreno de la geopolítica existe un concepto conocido como soft-power, o “poder blando”. Suena algo pretencioso, pero la idea es simple: se trata de la capacidad de un país para influir sobre otros no mediante la fuerza militar, sino a través de la cultura, el consumo, los valores, el entretenimiento. En otras palabras, conquistar corazones, mentes… y bolsillos.

Si lo bajamos a tierra: cuando celebramos Halloween o el Día de San Valentín, cuando cinco jóvenes producidos por la maquinaria cultural de Disney llenan estadios, cuando repetimos estribillos en inglés sin saber bien qué dicen, no estamos solamente entreteniéndonos. También estamos participando —con gusto, con dinero y con tiempo— de una trama global de significados que moldea subjetividades.

Nada de esto implica dejar de disfrutar. Todos convivimos con esas expresiones culturales, y la batalla por la atención es permanente. Pero sí vale la pena saber que detrás de cada película, cada plataforma, cada marca o recital existe una cadena económica e ideológica. Incluso muchas expresiones que se presentan como “contrahegemónicas” terminan insertas en el mismo circuito global de consumo. La industria cultural es hábil: puede convertir en mercancía casi cualquier gesto rebelde.

Durante décadas, el llamado Norte Global no necesitó invadirnos con marines para influir en nuestras sociedades. Le alcanzó con el poder blando, con la colonización pedagógica, con el endeudamiento, con el relato (sin olvidar bombardeos y golpes sangrientos como los que tuvimos, pero en 50 años la estrategia fue mutando). Mientras tanto, el “gigante asiático” nos resultaba lejano, exótico, casi incomprensible. Lo mirábamos con distancia, a veces con prejuicio, reduciéndolo a la imagen estereotipada del supermercado del barrio, sin reparar en que se trata de una civilización milenaria que alguna vez se concibió a sí misma como el “Centro del Mundo”.

Y aquí aparece un dato interesante: China no logró —o no necesitó— desplegar el mismo tipo de colonización cultural que Occidente. No crecimos escuchando su música ni consumiendo masivamente sus relatos, como sí ocurrió con los productos estadounidenses. Apenas si conocemos algo del horóscopo chino gracias al Turco Asís y Ludovica. Pero ellos también tiene “su” San Valentín, “su” Halloween y hastas “sus” propios “Adan y Eva”. Sin embargo, hoy sus mercancías llegan en cinco días a la puerta de nuestra casa, a precios que descolocan cualquier competencia. No hubo invasión cultural previa, pero sí una presencia económica contundente.

Entonces, cuando los países centrales advierten sobre un supuesto “imperialismo asiático”, lo hacen ahora que la disputa toca el nervio más sensible: el bolsillo. La competencia ya no es simbólica, sino productiva. Infraestructura, tecnología, financiamiento, cadenas de suministro. El debate dejó de ser cultural y pasó a ser estratégico.

En este escenario, nuestro país parece oscilar entre alineamientos automáticos. Unos miran con nostalgia doctrinas hemisféricas que ya conocemos bien y cuyos costos han sido dolorosos. Otros depositan expectativas casi románticas en nuevas potencias emergentes. Mientras tanto, el riesgo es siempre el mismo: perder capacidad de decisión propia.

Tal vez el desafío no sea elegir amo, sino construir una doctrina nacional que nos permita relacionarnos con el mundo desde nuestros intereses. Entender cómo funciona el poder —blando y duro—, cómo se articulan cultura, economía y soberanía, y cómo insertarnos en ese tablero sin resignar identidad ni recursos.

Pensábamos que algunos se estaban occidentalizando. Quizás, en realidad, nos estaban estudiando. Y tal vez haya llegado el momento de estudiarnos también nosotros: saber quiénes somos, qué queremos y cómo queremos pararnos frente a un mundo que no deja de reconfigurarse.