Por Mariano Ameghino

Corría el año 1981 y yo tenía apenas seis años. En el dorsal del manto sagrado llevaba el número 10. En esa época no se usaban los nombres en las camisetas: tampoco los profesionales los llevaban en la espalda; solo el número los identificaba, asociado además a la posición táctica dentro del campo de juego.

Cada vez que algún plateísta me señalaba y decía “el Beto Alonso”, en referencia al 10 que yo llevaba en aquella camiseta de algodón rojiblanca, respondía con insolencia: “No, Kempes”. Era una noche en la que River jugaba una semifinal del Nacional contra Independiente. Habíamos ganado 1 a 0 en la ida y el 0 a 0 en el Monumental nos dio el pase a la final que luego ganaríamos el 20 de diciembre de 1981 en Caballito. Todavía recuerdo el estallido del grito de gol en offside que hizo Passarella cuando cabeceó un centro a pocos metros de la línea de cal. El Kaiser estaba solo. Nosotros vimos todo desde la Belgrano Alta. No me olvido más.

Hoy me doy cuenta que era un mocoso insolente, en ese momento mi ídolo era Mario Alberto Kempes y no el capitán Beto. Por alguna razón extraña de la infancia, lo que mi cabeza lograba procesar era el Matador: goleador del Mundial 78, figura de aquel River del 81, el hombre que intentaba eclipsar la contratación que había hecho el rival de toda la vida con Diego Armando Maradona.

Después del partido mi viejo me llevó a cenar. Él insistía con el Beto Alonso y yo repetía como un loro letánico: “Kempes, Kempes y Kempes”. Hasta fonéticamente me gustaba más: la K con la M y la potencia de la P. Y eso que todavía no conocía a Diego Capusotto y su teoría de que Juan Domingo fue Perón porque no se llamaba González.

Soy de una generación que nació después de la muerte del General y que hacia 1994 ya había vivido cinco mundiales: dos ganados, tres finales jugadas. Incluso con la temprana eliminación frente a Brasil e Italia en 1982, llegábamos a Estados Unidos 94 con un equipazo. Los ídolos, al fin y al cabo, también son hijos de las generaciones.

Aquel chico que no sabía quién era el Beto Alonso tampoco tenía la culpa de que el “Pelé blanco” estuviera jugando en Francia y no pudiéramos disfrutarlo. Del mismo modo, años después el Diego apiló ingleses —cada vez son más en el recuerdo—, los humilló con la “mano de Dios”, apenas cuatro años después de la única guerra que Argentina tuvo en el siglo XX y contra ese rival que seguía ocupando nuestro territorio.

Después vino el Mundial ganado, los goles en semifinal y la final vibrante frente a Alemania. Ese Diego que insultaba a los italianos cuando silbaban el himno, que defendía a los jubilados y que también era señalado por sus tropiezos —tan humanos como los de cualquiera— se convirtió en el ídolo de toda una generación.

Si ese ídolo le tiraba balines a periodistas, apoyaba la reelección de Menem o negaba estudios de ADN que lo interpelaban como padre, todo eso quedaba debajo de la alfombra. Era el Diego. Mi Diego. El que nos había hecho ver la gloria. Pero cuando se tatuaba al Che, se abrazaba con Fidel o apoyaba a Chávez, entonces lo que hacía fuera de la cancha también me entusiasmaba: coincidía con mi modo de ver el mundo.

Volviendo a 1994, años después —efedrina mediante— quedó flotando la sospecha de que aquella expulsión del Mundial tenía también una dimensión política. La imagen de Maradona levantando la Copa del Mundo en Estados Unidos y dedicándosela a la Revolución Cubana era demasiado para ciertos poderes. Argentina quedó afuera, Brasil e Italia jugaron una de las finales más aburridas de la historia y Roberto Baggio la mandó a la tribuna. Los brasileños ganaron la cuarta después de 24 años. Nosotros teníamos veinte pirulos y ya habíamos visto tres finales con dos títulos.

Después vino lo que ya sabemos. El período pos-Maradona fue largo. Aunque no volvió a la selección como jugador, su presencia siguió orbitando durante décadas: incluso fue técnico en 2010 e hincha en 2014.

Parecerá casualidad, pero recién después de su muerte en 2020 algo pareció trasladarse hacia Lionel Messi, el Mesías que perdía finales y vomitaba en la cancha hasta que llegó el Mundial de Qatar y apareció la tercera estrella en 2022.

Los ídolos también son eso: espejos generacionales. Cuando Messi no cantaba el himno muchos lo criticaban, aunque en realidad lo que se cantaba era apenas la melodía —ese “na na na na na…” que Andrés Ciro Martínez suele tocar con la armónica y que los borrachos del tablón corearon en Alemania 2006.

Cuando Messi fallaba o cuando las internas de vestuario con Carlos Tevez o Juan Román Riquelme lo dejaban en segundo plano, las críticas eran feroces. Pero el fútbol, como dijo alguna vez Jorge Valdano, es lo más importante dentro de lo menos importante.

Mueve pasiones. Nuestro día puede ser mejor o peor si nuestro equipo gana o pierde. Pero no cura enfermedades ni garantiza el bienestar de nuestras familias. Aun así, muchos dejamos la vida emocional en este juego.

También es un negocio. Messi lo entendió bien. Su carrera se acercaba al final y todavía faltaba el Mundial. Llegó al Paris Saint‑Germain cuyos dueños eran los mismos que organizaban el mundial de Qatar y, con un equipazo que incluía a Enzo Fernández, Julián Álvarez, Ángel Di María, más el cuerpo técnico de Lionel Scaloni y Pablo Aimar, llegó la tercera estrella. El Dibu Martínez terminó de cerrar la historia. Y los pibes de Malvinas que jamás olvidaremos, también.

Messi ya no vomita. Ahora canta el himno entero y aparece como el modelo perfecto de deportista, ciudadano, padre y ejemplo público. No evade impuestos y si existe algún problema con el fisco español es problema de gallegos o culpa de algún contador vivaracho.

Hasta que un día, en la previa de un Mundial en Estados Unidos, lo vemos estrechar la mano del magnate convertido en presidente, Donald Trump, un hombre que intenta sostener la hegemonía norteamericana empujando al planeta hacia un clima cada vez más violento.

Habrá tilingos que diran que, si eso sirve para ganar otro Mundial, no importa cuán manchadas estén esas manos. Otros preferiremos recordar al Diego que denunciaba la corrupción del Vaticano en tiempos de Juan Pablo II, que cuestionaba el poder de João Havelange en la FIFA y que defendía a los jubilados, aun con sus contradicciones, más allá que todo eso tuvo que ver con la efedrina y el pentacampeonato carioca.

Me gustaría que los ídolos se parecieran a sus pueblos. Tal vez el problema sea que empiezan a parecerse demasiado a un pueblo que hoy no me gusta: cada vez más cipayo, cada vez más admirador del éxito económico sin preguntarse por la desigualdad que atraviesa la vida cotidiana. Me hubiese gustado que esten en la rosada con la copa, más allá de la utilización política de la foto del momento, pero cuatro millones de personas en la calle se lo merecían. Es por eso que hoy la foto con Trump me deja a las claras que hay un sistema que sangra y desangra, y para seguir jugando el juego no hay que saltar pantallas sin las vidas necesarias.

Será que aquel pibe insolente que admiraba a Kempes no sabía siquiera que los héroes son mitos generacionales y que también se mandan sus macanas.